Problemas estructurales: los limites que nos hacen pensar en la vida.

Soy libre: ya desaté mis impulsos vitales, puedo hacer lo que quiera: trago hasta explotar como una chinche, luego me agobia un horror supersticioso al exceso, vomito, purgo, me desintoxico, comienzo nuevamente, me agrego a una comunidad de autoayuda que funciona como un superyó externo que me disciplina y me asedia con reglas y carteles y muros y pulseras que alertan al poder cuando me excedo. No entiendo la razonabilidad de lo social y por tanto me entrego pasivamente al aparato del orden, de la prohibición y la disciplina. Soy incapaz de entender que si la gente no mata, no agrede o no viola, no es porque tales actos estén prohibidos o sean castigados si se cometen, sino porque no son razonables o pertinentes. Ahora, el sujeto (o lo que sea que haya ahí en lugar de un Sujeto, en el sentido clásico de la palabra) tiene, en todo caso, una conducta recta por miedo a la autoridad, a la represalia o al castigo. Y esto es de un equilibrio extremadamente frágil y peligroso: la racionalidad de lo social, reducida a mera prohibición o límite en lo real, crea al mismo tiempo la perversa tentación inherente de transgredir los límites, de desobedecer la orden o la prohibición. Y eso es un problema estructural: el límite real está ahí solamente para mostrar que el juego puede seguir, y va a seguir, ilimitadamente.

La Ley cae en protocolos, reglas y rituales; el sentido cae en procedimientos de orden y control; el proyecto político cae en objetivos, metas, urgencias y automatismos ejecutivos. La doctrina estatal de defensa o protección de la vida biológica, la famosa seguridad, es una catástrofe del lenguaje que nos permite pensar socialmente la vida.





Fuente: Red Filosófica del Uruguay, texto de Sandino Nuñez.